El maestro

A la edad de 77 años falleció este martes 31 de marzo en Bogotá el maestro Carlos Gaviria Díaz, uno de los principales referentes de la izquierda colombiana al comenzar el siglo XXI, como consecuencia de una fuerte afección respiratoria, por lo cual había sido internado en la Fundación Santa Fe.

El Comité Ejecutivo Nacional del Polo Democrático Alternativo, su presidenta, Clara López Obregón; el secretario general, Gustavo Triana Suárez; la bancada de congresistas, diputados y concejales de esta colectividad en todo el país, al lamentar su sensible fallecimiento, resaltaron las eximias calidades humanas, profesionales y políticas del maestro Carlos Gaviria.

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Por Rodolfo Arango  

El país habría sido otro si Carlos Gaviria Díaz hubiera ganado las elecciones de 2006. A veces un pueblo aprende más por lo que pierde que por lo que gana.

Personas muy cuestionables no habrían llegado a la Corte Constitucional para luego sumirla en el mayor de los desprestigios. Tampoco los falsos positivos o el rastro de sangre y sufrimiento habrían tenido el camino expedito si la dirección del Estado hubiere estado en manos de quien es hoy conciencia ética para la Nación.

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Por José Saramago  

Dicen los timoratos y los que hacen de la prudencia la regla de oro de una vida tranquila, dicen también los que se asustan con la idea de que un soplo de verdad derribe la arquitectura de los intereses creados, que es inadmisible interferir en los asuntos internos de países que no sean los propios. Pueden hacerlo los políticos (a veces hasta el descaro, como en el caso de Bush), pero no los ciudadanos comunes.

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Por Fernando Garavito  

Carlos Gaviria juega un intuitivo proceso de selección natural de las ideas, de aciertos, de seguridades, de pequeñas -y también de enormes- sabidurías.

Carlos Gaviria debería ser presidente de la República. De haber nacido en el siglo XIX se habría llamado Eustorgio Salgar. O Aquileo Parra. A comienzos del siglo XX Darío Echandía o Gerardo Molina. Porque Gaviria, como Salgar, como Parra, como Echandía, como Molina, es un espíritu auténticamente liberal, de una desconcertante disciplina intelectual, de un discurso con el rigor que tenía el de los viejos patricios, fundamentado sobre silencios y lecturas, sobre afirmaciones e iluminaciones.

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