October 31, 2017

Entrevista. Carlos Bianco. Docente e investigador universitario.

El Mercosur y la Unión Europea están, aparentemente, cerca de firmar un acuerdo comercial histórico. Los dos bloques vienen negociando la letra chica del tratado desde hace más de dos décadas. Los lógicos reparos proteccionistas a

ambos lados del Atlántico fueron frustrando la convergencia aperturista. Sin embargo, el giro político y económico ocurrido en los últimos años en locomotoras del Mercosur, Argentina y Brasil, y su consecuente sintonía con las políticas flexibilizadoras exigidas por la UE estarían precipitando el demorado

consenso.

Carlos Bianco, docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y asesor de la Central de Trabajadores Argentina (CTA) advierte, en diálogo con SES América Latina, que el entendimiento con el Viejo Continente podría ser desventajoso para la Cuenca del Plata, incluso, en los sectores económicos donde somos competitivos, como el capítulo de la carne. “Bruselas nos compraría anualmente una cuota anual de carne que equivale a una ingesta de menos de 150 gramos por europeo.  Una cantidad suficiente para que cada ciudadano de la eurozona cocine tres empanadas. Parece poca atractiva la oferta”, sostiene el ex Secretario de Relaciones Económicas de la Cancillería.

-El TLC entre el Mercosur y la Unión Europea viene precedida con una larga negociación, llena de tropezones. ¿Por qué, como viene anunciándose, podría concretarse ahora?

-Efectivamente, los primeros acercamientos interbloque arrancan en 1995 con la firma de un acuerdo de cooperación donde se establecía la voluntad de negociar, hecho que arranca recién cuatro años después. Luego, en el año 2004, se rompe la negociación porque las dos partes entienden que no se habían producido avances sustanciales de concordancia en el capítulo comercial.

¿Qué sucedió a finales de 2015, comienzos de 2016? Principalmente, un cambio de signo político en las dos principales economías regionales: Argentina y Brasil. Los actuales gobiernos no priorizan tanto el impacto económico de esos acuerdos con la Unión Europea si no que buscan plasmar una señal de inserción política al mundo. Porque, claramente, si uno analiza lo explicitado en las ofertas de intercambio, más allá del secretismo impuesto han trascendido varios datos, es evidente que va a ser muy fuerte el daño al tejido productivo de la zona. ¿A qué me refiero? Es que el acuerdo establecería un diálogo comercial donde aparecen muy pocas posibilidades de intercambiar bienes industriales de forma equilibrada y las cuotas de exportación, en todos los rubros, son muy menguadas.

Recordemos que la carne, sobre todo la bovina, es el principal producto que el Mercosur puede colocar en la Unión Europea. Bueno, las cuotas de compra que hoy nos ofrece la Unión Europea son, incluso, más bajas al piso que había establecido la región en negociaciones anteriores. Conclusión, estamos accediendo a un entendimiento económico con más prerrogativas que antes.

Además, en el segmento de bienes de capital, autopartes, productos químicos, derivados del caucho, también vamos a ceder en lo que hace al intercambio intrarregional ante el avance de un nuevo socio más competitivo y eficiente. Recapitulando, hoy hay posibilidades ciertas, aunque no definitivas, de que el Mercosur y la Unión Europea suscriban un tratado de libre comercio porque, sustancialmente, se modificó el signo político de los gobiernos del Cono Sur.

En paralelo, considero que tanto (Mauricio) Macri como (Michel) Temer apuestan a conseguir una lluvia de inversiones tras demostrarle a los mercados que pudieron cerrar un entendimiento con la Unión Europea. Me parece una mirada ingenua. Si uno va a los números, a los datos duros, no a una cuestión ideológica, creo que vamos a un acuerdo con un grave impacto comercial. Además, el tratado incluye otros capítulos muy sensibles a nuestra soberanía como que se otorgaría un trato nacional a las empresas europeas en las compras públicas. En fin, me parece que se está arriesgando mucho con el sólo fin de atraer inversiones extranjeras.

-Veamos el otro lado de la mesa. ¿Cómo llega la Unión Europea a la negociación? ¿Tienen Alemania, Francia u otras economías menores como España las mismas expectativas de firmar un acuerdo con el Mercosur?

 -Ellos también poseen una grieta en ese punto. Una posición mayoritaria de los países está de acuerdo pero algunas naciones, sobre todo del este europeo, más celosas de sus bienes agrícolas, presentan algunas discrepancias. A diferencia los países periféricos como Argentina, la Unión Europea subsidia mucho su sector agrícola, entre otras cosas, para mantener a su población en el campo. Como el campo europeo no es competitivo a nivel global, Bruselas entiende que si liberaliza el capítulo agrícola corre riesgo de deslocalizar el equilibrio poblacional que hoy tienen sus países.

Francia, por ejemplo, prefiere subsidiar y perder plata con el pequeño productor de queso y no tener a París desbordada de gente. Es una posición respetable y estratégica, el problema es que los negociadores del Mercosur no tienen presente esa preocupación. En nuestro caso la posible pérdida de puestos industriales en zonas del conurbano bonaerense o del gran San Pablo no avizora un horizonte optimista porque no se ve con claridad qué sector de la economía puede absorber dicho nuevo contingente de desocupados.

-Afirmas que Brasil y Argentina entienden que el acuerdo no potenciará su sector productivo. ¿Qué buscan, entonces, Macri y Temer? ¿Cobrar valor como plaza financiera internacional? ¿Dar una oportunidad de negocios a los bancos zonales?

-Creo que no. A ver, los detalles finos los conoceremos cuando se hagan públicos los borradores de la negociación. Por la información que tengo, no habrá una mayor liberalización del sector financiero. Entre otras cosas, porque Argentina ya cuenta con una apertura financiera desde que se plasmaron los acuerdos del GATT y porque, además, Brasil aún desea poseer un mayor control estatal sobre el sector de los bancos. Repito, creo que Macri y Temer buscan dar una señal política al mundo, ese es su objetivo con la firma del acuerdo.

Pero, vayamos a analizar las expectativas comerciales más concretas que hay depositadas en el tratado. Por ejemplo, la Unión Europea aparentemente se comprometería a comprar a los cuatro países del Mercosur unas 70 mil toneladas anuales de carne. Eso implica un volumen de transacción muy bajo, son 138 gramos por persona al año. Es decir, en el menú de compras de cada ciudadano europeo, la carne criolla solo alcanza para cocinar tres empanadas al año.

Y un detalle interesante en ese sentido.

Cuando los dos bloques reabren el diálogo en el 2010 se comprometen a que las nuevas ofertas no iban peores a las presentadas en el 2004. En ese momento, Bruselas ofrece comprarnos 100 mil toneladas anuales de carne. Es decir, los países del Mercosur están adhiriendo a una oferta que es un 30 por ciento más desfavorable a un ofrecimiento que, en su momento, ya se había subestimado por bajo. Sin embargo, he escuchado a importantes referentes de la agroindustria argentina afirmar que no le importaban aceptar un trato desventajoso en la venta de carnes porque la apuesta de ellos es política, es apoyar a Macri. Se trata de sectores empresariales que no están viendo su bolsillo para adherir a una iniciativa. Es una cuestión inédita, parte del nuevo clima de época.

-En comparación con la frustrada negociación del ALCA, en ese momento no sólo la calle y los gobiernos le dijeron no a un acuerdo de libre comercio con la potencia norteamericana, las propias élites industriales mostraron su oposición. ¿Por qué no sucede eso ahora?

-Hay dos respuestas, una más política y otra más material. La sensibilidad política de la población es muy diferente cuando se habla de suscribir un acuerdo comercial con Estados Unidos o con Europa. Washington es el imperio, moviliza sentimientos antiimperialistas en buena parte de la población. En cambio, a nivel cultural, el Viejo Continente es percibido por la opinión pública argentina como un par, de Europa proviene el origen de muchas familias. Entonces, es muy difícil generar conciencia en la población de que un acuerdo económico con Bruselas puede derivar en una profunda situación asimétrica.

Después, está la índole económica. Los sectores industriales del Mercosur están en contra del acuerdo con Europa pero no lo dicen, nuevamente, por conveniencia política. El sector autopartista o la cámara de medicamentos están muy preocupados por la regla de origen, mucho más laxa a la actual, que busca imponer la Unión Europea pero optan por adherir a la marcha que está dando el gobierno en materia de política exterior comercial.

-¿A qué te referís con la cláusula de regla de origen?

-Muy simple, Europa, como muchas potencias, bajan el costo de trabajo trasladando la producción a países de Asia o África con mucha flexibilización laboral o, incluso, comprando directamente el producto en dichas zonas. Luego, una vez ingresada la mercadería a la eurozona, las empresas hacen un mínimo valor agregado para certificar que se trata de un producto europeo. Se trata, por supuesto, de una competencia desleal que busca ser naturalizada como una práctica comercial no abusiva con la firma del Tratado de libre comercio.

Acá, sobre todo las cámaras textiles y de calzado, con mucha mano de obra intensiva, están muy preocupadas con la flexibilización de la cláusula de regla de origen. Los sectores industriales del Mercosur, con razón, reclaman que por lo menos un cuarenta por ciento del valor del producto se haya hecho en el Viejo Continente para que la mercadería pueda acceder al etiquetado de Made in Europa.

Después hay una cuestión técnica. En el Mercosur el certificado de origen lo otorgan las cámaras sectoriales. Entonces, si un productor de jean argentino desea exportar a Brasil tiene que demostrar ante la cámara textil que buena parte del producto se generó en el país. Si logra la aprobación, entonces sí ese jean puede ingresar con arancel cero al vecino país. Pero, en Europa funciona de una manera totalmente distinta. El exportador declara por sí mismo si el valor de su producto fue originado en su país. Claro, que si se demuestra que su mercadería en realidad era china y sólo se aprestó a hacer un cambio de etiquetas puede recibir una multa. Pero, en realidad, es muy difícil que eso suceda. Lo central es que la Unión Europea está forzando al Mercosur a que tome su modelo de declaración de origen.

Además, las cámaras empresariales tienen otro problema con esa cuestión y es la recaudación. Porque como sector corporativo cobran una tasa para dar ese certificado. Por lo tanto, perderían un volumen de ingresos considerable.

-A corto plazo, dado la sintonía político comercial que hay actualmente entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico, ¿Sería lógico esperar una convergencia aperturista zonal mucho mayor a la actual?

-En realidad no hay muchas posiciones por acercar porque dicha convergencia ya existe en la práctica. Salvo con México, que es otra lógica, porque por el momento sigue principalmente bajo la órbita del NAFTA, la economía de nuestros países está muy liberalizada ya sea con Perú, Chile o Colombia. El desafío para los propulsores de una economía más abierta es llegar a un entendimiento con México. Esa sería una novedad geocomercial. Un hecho que podría ser posible dado el distanciamiento que existe entre la administración Trump y la economía azteca.

Argentina, por lo pronto, está buscando un acuerdo comercial con México. Pero es difícil y desventajoso al mismo tiempo por múltiples razones: su costo laboral es mucho más bajo porque ahí hace rato que llegó la flexibilización y, en paralelo, México es un orden neoliberal que sin embargo protege ciertos sectores de su economía, sobre todo en el rubro primario. Por lo tanto, veo una complementariedad difícil entre los dos países y mucho riesgo nuevamente en el sector industrial porque México es una economía competitiva, no es Perú, Chile o Colombia.

-Por último, ¿Por qué consideras que las élites regionales y globales desbarataron en tan poco tiempo los nudos regionales de entendimiento alcanzados en el proceso de integración abierto a principios de siglo?

-Creo que a nivel político se alcanzaron denominadores comunes muy fuertes durante la era comandada a nivel regional por Lula, (Hugo) Chávez y Néstor Kirchner. Sin embargo, considero que había mucho desacople entre los distintos modelos de desarrollo de cada país. Uruguay, por ejemplo, perdió mucho con el Mercosur. Porque su desarrollo industrial, aunque pequeño, cedió muchas posiciones ante la liberalización del comercio con Brasil y Argentina. Además, muchas economías, como la venezolana, no pudieron romper su molde monoproductor, en ese caso petrolero. Entonces, es muy difícil ir contra un frontón material.

Las metas de industrialización de cada país eran muy diversas. Unos países, como Brasil, tenían ambiciones de inserción internacional y otros, como Paraguay, poseían objetivos muy modestos de generar valor agregado, aunque respetables, y por lo tanto no tenían problemas de ceder cuestiones impositivas y laborales a las corporaciones a cambio de conseguir inversiones. Entonces, como conclusión, ahora a diferencia de lo que se dice hay una verdadera convergencia y política en el Mercosur. Por supuesto, que el horizonte comercial y de inserción global es muy distinto al de otros años. Veremos a dónde nos conducen.

Entrevista tomada de www.sesamericalatina.com