Por Octavio Quintero  

El pasado domingo 12 de junio, se conmemoró el día mundial contra el trabajo infantil, y la OIT recuerda en un comunicado ‘urbi et orbi’ que “eliminar el trabajo infantil en las cadenas de producción ¡Es cosa de todos!”.
 
¿Qué son cadenas de producción? El concepto de cadenas productivas se refiere a todas las etapas comprendidas desde la financiación, desarrollo, elaboración, distribución, comercialización y publicidad de un bien o servicio hasta su consumo final.

Se estima que 168 millones de niños, niñas y jóvenes menores de edad son “víctimas” del trabajo infantil, especialmente en actividades agropecuarias, de la construcción y del comercio. En el primer renglón entra casi toda la población campesina de menos de 18 años; y, en los dos siguientes, se congregan los menores de edad desertores de la educación básica o integrantes de familias clase media, pobres relativos y absolutos que desde que pueden defenderse solos, tienen que ayudar económicamente a sostener la casa o, al menos, rebuscarse la vida por sus propios medios.
 
Ese es el gran motivo central y recurrente del trabajo infantil. No es “cosa de todos” eliminar el trabajo infantil… Es cosa de gobierno, de políticas de Estado que propendan por la eliminación de las desigualdades económicas que hoy, más que nunca, polarizan la sociedad entre pocos ricos y muchos pobres, en progresión geométrica inversamente proporcional, gracias (o por desgracia) del modelo neoliberal.
 
Si los gobiernos cumplieran con mandatos constitucionales y legales que hablan de “ingreso vital”, “salario digno” y “prestaciones sociales”, el trabajo infantil tendría que reducirse por sustracción de materia: si los padres no tienen necesidad de hacer trabar a los hijos menores para que les ayuden con el hogar, es probable que, más bien, los “obligaran” a seguir estudiando hasta alcanzar la mayoría de edad y una preparación mejor para enfrentarse al mundo laboral.
 
Por supuesto, dentro del proceso integral de lucha contra el trabajo infantil, entran muchos otros factores pero, dos que irían par y paso con la mejora en la distribución del ingreso serían el cubrimiento y calidad de la educación y la salud.
 
No entremos en detalles de estos dos últimos factores que, seguramente, en una política de integración social tendrían necesariamente que tenerse en cuenta. Concentremos la última parte de esta nota en un párrafo sustancial del comunicado de la OIT con motivo del día internacional de lucha contra el trabajo infantil:
 
(…) “En muchos casos, el trabajo infantil es generado por la pobreza de las familias y comunidades, debido al déficit de trabajo decente para los adultos y jóvenes que han alcanzado la edad mínima legal para trabajar, a causa de salarios insuficientes, de una baja garantía de ingresos y de una protección social inadecuada, lo cual suele estar vinculado con el pago de precios insuficientes a los proveedores; y con la falta de acceso a la atención de salud y a una educación y formación profesional gratuitas de calidad. El trabajo infantil prevalece donde las relaciones laborales son débiles y donde la libertad sindical y de asociación es inexistente, así como en las empresas familiares informales que no pueden contratar a trabajadores adultos para sustituir el trabajo no remunerado realizado por sus hijos”.