Por Octavio Quintero  

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, inicia esta primera semana de mayo con un pie afuera. La mandataria de izquierda (exguerrillera militante), recibió el empujón mortal el 16 de abril, cuando la Cámara de Diputados, en una votación que mantuvo al ‘coloso’ en vilo, resultó derrotada con solo 137 votos a favor, frente a 367 (más de lo esperado), a favor del impeachment.
 
La paradoja de este cuento brasileño es que, según los analistas políticos más conspicuos, el escándalo de corrupción que explotó alrededor de Petrobras devino en un debate político, a modo de cortina de humo, en el que se tiene a la Presidenta, la única persona importante en Brasil que no ha sido acusada seriamente de hallarse inmiscuida en el escándalo de corrupción, al borde de la destitución.

De resto, sus eventuales y más inmediatos sucesores, Michel Temer (vicepresidente) y Eduardo Cunha, presidente del Congreso, están untados del escándalo Petrobras, hasta los tuétanos. Ni el propio expresidente Lula da Silva se ha podido desmarcar del mismo escándalo.
 
Cortina de humo o no, el juicio de destitución será votado por mayoría simple en el Senado. Si de nuevo pierde el pulso, cosa que parece ya muy posible, Rousseff será apartada provisionalmente del cargo hasta por 180 días (seis meses), mientras se le juzga propiamente en ambas Cámaras. Pero para entonces, si no ha renunciado ya, su capital político se habrá diluido completamente.
 
Si rasuran al vecino…

Más allá del viacrucis de Dilma, lo que parece asomarse en el firmamento político de Latinoamérica es lo que el exmagistrado colombiano, Jaime Araujo Rentería, ha comenzado a calificar como la “institucionalización del golpe de Estado”.
 
Ya no se necesitan tanques y fusiles para tumbar un Presidente, como en el siglo pasado. Ahora solo basta un poco de argucia política y mucha prensa arrodillada o comprometida con el poder dominante que, en esta parte del mundo, es una especie de redundancia de capitalismo.
 
Con estos insumos… ah, y algo muy importante estaba por pasar de largo, la decidida ayuda de Washington, se fabrica un impeachment; o para decirlo en castellano vulgar, una revocatoria de mandato, como es lo que avanza en Venezuela… y a comer Presidente.
 
En el propio Brasil que sufre el proceso, se tiene claro entre los defensores de Dilma que el impeachment es un golpe de Estado envuelto en una legalidad aparente. Ahora, si las consideraciones que tienen a Dilma en la guillotina, se extendieran al ejercicio del poder presidencial en Latinoamérica, ningún presidente de los actuales quedaría bien parado. Porque, ¿que levante la mano uno de ellos que no haya maquillado las cuentas nacionales para equilibrar presupuestos y minimizar o esconder déficits? ¡Es de lo que se acusa a Dilma!
 
La democracia, al estilo latinoamericano, un tanto de parlamentarismo y mucho de presidencialismo, está favoreciendo cierto tipo de política surrealista en la que predomina la labor del instinto que se desarrolla fuera de los límites de la razón. El surrealismo es inmediato, irreflexivo y está despojado de toda referencia a lo real. Por eso mismo, cada día alcanza más cuerpo en nuestro medio la idea de que se avanza a un tipo de democracia sin pueblo, pues, se basa más en reiteradas argucias políticas que terminan por convertirse en verdades reveladas a la opinión pública por el repicar constante de los medios de comunicación hegemónicos.