Por Mauricio Cabrera Galvis  

Esta fea palabreja -mezcla de estancamiento e inflación- fue inventada a finales de los años 60 del siglo pasado para describir la crisis de la economía norteamericana que, debido a la disparada de los precios del petróleo, enfrentaba un aumento del desempleo y un freno al crecimiento económico al mismo tiempo que una inflación cercana al 15% anual.

La salida en ese momento fue una política monetaria súper restrictiva que subió la tasa de interés hasta el 20%; así se frenó la demanda y se contuvo el alza de los precios, pero se llevó al país a la recesión, porque la inflación no era causada por excesos de demanda sino por aumento de los costos. La economía volvió a crecer en los 80 con las políticas keynesianas de Reagan y la baja de las tasas de interés.

En Colombia tenemos hoy claros síntomas de ‘estanflación’, aunque en magnitudes más moderadas que las de EE.UU. en ese momento. La inflación se acerca al 8%, a la vez que aumenta el desempleo -en marzo llegó a 10,1% frente a 8,9% del año pasado- y se reducen los pronósticos del crecimiento del PIB para esta año a solo 2,5%.

Es evidente que el aumento de la inflación no se debe a excesos de demanda sino a factores de oferta como la escasez de alimentos por el fenómeno de El Niño y la transmisión de la devaluación a los precios de los bienes importados. Además se trata de factores transitorios y temporales que deben desaparecer en unos meses.

Por el contrario el mayor desempleo y el menor crecimiento si se deben a la debilidad de los componentes de la demanda (consumo e inversión), afectada por la pérdida de ingresos petroleros y la situación de la economía mundial -en particular de nuestros vecinos latinoamericanos- que no ha permitido una rápida expansión de las exportaciones a pesar de la mejor tasa de cambio.

Las perspectivas del crecimiento son aún más sombrías por causa del incremento del déficit fiscal que exige una reducción del gasto y la inversión pública y hace inevitable una reforma tributaria que aumente el recaudo. Por más inteligente que se quiera hacer la austeridad, su impacto macro es contraccionista porque la combinación de menor gasto público y mayores impuestos frena el crecimiento.

En este contexto la Junta del Banco de la República enfrenta un difícil dilema: dejar que los precios se estabilicen y la inflación baje poco a poco a medida que vuelva la normalidad a las cosechas agrícolas y termine el impacto de la devaluación, o subir sus tasas de interés para desincentivar el consumo y la inversión, es decir enfriar la demanda, y así bajar los precios a costa de un menor crecimiento y mayor desempleo.

Según el comunicado de prensa de su última reunión, la Junta es consciente de los factores que están frenando el crecimiento, y por eso espera que este año sea solo de 2,5%; además reconoce que el aumento de la inflación se debe a los choques temporales de El Niño y la devaluación. Sobre el desempleo no se pronuncia.

Sin embargo decidió optar por la primera alternativa y subir de un golpe 50 pb la tasa de interés hasta llevarla al 7%, con lo cual reafirma que su objetivo primordial es la estabilidad de los precios por encima de cualquier otra consideración, con base en la hipótesis de que así va a moderar las expectativas de inflación del mercado. El resultado no puede ser otro que agudizar la ‘estanflación’.