Por Juan Manuel López Caballero  

Desde la presidencia sigue siendo el periodista que pretende manejar con noticias y titulares a la opinión pública. Por eso cree que lo único que está fallando son las comunicaciones

El silogismo parece simple: hoy las sociedades son dirigidas por los medios de comunicación; Juan Manuel Santos es por esencia y por antonomasia un periodista; hoy estamos gobernados en la forma en que se maneja un periódico.

Vale la pena profundizar para entender esto mejor.

Las sociedades han tenido como guía a lo largo de la historia a las religiones, o a los guerreros, o a los abogados con el Estado de Derecho, y después como gurús a los economistas. Pero hoy en día el primer poder y el práctico control sobre cualquier comunidad lo tienen los medios de comunicación; es una realidad poco discutible que son quienes acaban siendo determinantes en la agenda de los gobiernos, en la importancia de las leyes que se tramitan en los parlamentos o en las decisiones de la Justicia.

Pero su peso no se limita a la influencia que tienen en los órganos del poder. Como la opinión pública se alimenta casi exclusivamente de la información que ellos producen, para la ciudadanía lo que ellos publican se convierte en la realidad virtual sobre la cual vivimos. El interés de los medios (como el de cualquiera) está marcado por sus propios intereses. En primera instancia, como empresas, el éxito económico, es decir el aumento de sus ventas; y como individuos, la propia promoción dentro de la profesión. Ambas características convergen en la manipulación, incluso la creación de noticias para lograrlo. Una información es interesante solo en la medida que potencialmente se convierta en noticia, incluso lo es más si es una ‘chiva’; lo que no se puede destacar en un simple titular no tiene importancia, ya que el contenido vale menos que la presentación.

Lo que mueve al público son las emociones y no la reflexión y sobre ello es que trabajan los ‘comunicadores’, creándose un círculo vicioso en el que el periodista ofrece y el consumidor demanda lo superficial, lo que llama la atención por la forma en que se presenta, y no lo importante, incluso lo trascendental, por su contenido.

De otra parte, Juan Manuel Santos nació periodista. Su única actividad privada no relacionada con el periodismo fue en el extranjero como delegado de la Federación de Cafeteros ante el Pacto del Café. Fue columnista de El Tiempo; después subdirector; y después director. Igual ganó premios nacionales e internacionales de periodismo. Y fue apareciendo en los periódicos que hizo su carrera política: llegó directamente a designado sin ser elegido ni participar siquiera en alguna votación y sin haber ejercido ningún cargo público; sin saberse si es cierto o apócrifo, se hablaba de que despachaba desde Semana y que Felipe López daba la instrucción de que nunca pasaran más de dos ediciones sin que en los confidenciales saliera alguna noticia o rumor sobre Santos; y ahora nos cuenta Jorge Eduardo Espinosa en El Espectador que tenía la costumbre de hacerse autorreportajes y hacerlos publicar en El Tiempo. Preguntado alguna vez sobre algún punto culminante de su carrera, mencionó la forma en que logró la ‘chiva’ de las conversaciones que el expresidente Alfonso López Michelsen adelantaba con los capos de la droga por instrucciones del entonces presidente Belisario Betancur, chiva que, prevaleciendo el periodista sobre los intereses del Estado, acabó con la posibilidad de  la entrega que ofrecían, y representó no solo la continuidad de esa actividad sino las decenas de miles de muertos que se han producido desde entonces.

Y Santos desde la presidencia sigue siendo el periodista que pretende manejar con noticias y titulares a la opinión pública. Por eso cree que lo único que está fallando son las comunicaciones. Su olfato periodístico le indicó que el titular para pasar a la historia sería el de firmar la paz, lo que no lograría con ninguna gestión en otro campo por excelente que fuera. A lo otro solo dedica los anuncios efectistas: ‘50 billones de pesos para las 4G en los próximos 15 años’; ‘el país más educado de Suramérica para el año 2020’; ‘un millón de nuevas hectáreas a sembrar’; ‘800.000 restituciones de tierra a los desplazados’; ‘beneficios a 2 millones de víctimas’; etc.; todos sin sustento en la realidad. Y, ¿qué más habilidad de manejo de presentaciones que vender el acuerdo con las Farc como si eso fuera el fin de la violencia y la paz que requiere Colombia, y no solo, como lo es, el desarme de un grupo armado?

En cuanto a la paz esto ha sido parcialmente positivo porque ha permitido avanzar en los acuerdos con las Farc. El resultado tenía que ser el cambio de la lucha con las armas por la lucha con los votos. Pero por supuesto nadie hace un tratado para ir a la cárcel, ni se desarma sin condiciones que garanticen el cumplimiento de lo pactado. Por eso los únicos y verdaderos obstáculos eran que la ciudadanía aceptara esto y que los mecanismos de refrendación lo confirmen.

Esto aún no se soluciona. Sin embargo, a punta de titulares está imponiéndose ya como una realidad virtual. Es claro que en cualquier visita presidencial o en los foros internacionales el plantear el tema de si respaldan las negociaciones de paz nunca podrá ser respondido con una negativa y nada más fácil que sacar el titular “XXX respalda el proceso de paz”. Y obvio es que las victimas tendrán que ser resarcidas, que se tiene que desarrollar alguna política agraria, o que los insurgentes no podrán seguir traficando droga y tendrán que colaborar para desmantelar lo que montaron; alrededor de esto no hay negociación real pero la habilidad consiste en mostrarlo como avances a través de titulares.

Pero lo negativo es que el resto del manejo de los problemas del país, sigue la misma pauta de anuncios —o titulares— que se reducen a eso y no se concretan. El país ya lo entendió y por eso el desencanto y escepticismo es tal que se están afectando las posibilidades de un buen resultado incluso en lo que se discute en La Habana.