Por Juan Manuel López Caballero  

El interrogante es hasta dónde El Tiempo es un poder en sí mismo, y hasta dónde un termómetro del respaldo del ‘establecimiento’ al presidente.

Alguna persona allegada a Eduardo Santos me contó que decía que su diario debería dirigir el país hasta donde se lo permitieran; cuando no pudiera lograrlo, alinearse con quienes lo estuvieran dirigiendo; y en todo caso nunca estar contra lo que la izquierda llama el establecimiento, o sea su clase dirigente.

Algo similar pareció dar a entender su actual director Roberto Pombo al considerar que la función debía ser la de expresar los consensos que se logran entre lo que la izquierda a su turno llama ‘los factores de poder’, o sea quienes tiene la capacidad efectiva de la toma de las decisiones en el país (poderes económico, electoral, religiosos, militar, mediático).

La forma de cumplirlo ha sido principalmente con el manejo de titulares o ‘noticias’ que por su despliegue trasmiten algo que no necesariamente refleja el verdadero contenido de lo que se trata; durante su época de mayor poder, prácticamente ‘mandaba’ desde sus editoriales; y en tiempos más recientes influye a través de sus columnistas de opinión.

Eso sí, su labor como ‘periódico oficial’ nunca ha dejado de desarrollarla con la divulgación de los programas de gobierno como planes verdaderos de futuro para el país, normalmente sin evaluación o análisis de hasta dónde se limitan a ser promesas, o las posibilidades de éxito que puedan tener.

Esa habilidad para cumplir con esa línea de conducta parecería confundir respecto de hasta dónde El Tiempo es un poder en sí mismo, y hasta dónde solamente es el vocero de quienes efectivamente lo tienen y ejercen.

Seguramente se mencionará que no sucedió así cuando el gobierno de Rojas Pinilla. Sin embargo, es justamente la ilustración de lo sucedido entonces: El Tiempo fue el principal legitimador del golpe con el cual subió el general y su principal respaldo hasta el momento en que, al llamar a la Constituyente con la cual esperaba prolongar su mandato, se mostró en rebeldía con las listas que le quería imponer esa ‘dirigencia’ del país, del cual los grandes diarios —principalmente El Tiempo—  se mostraban como los voceros. Fue a partir de ese momento que Rojas dejó de ser el salvador que había acabado con la violencia y propiciado la entrega de las guerrillas de la época, y pasó a ser el ‘Dictador’. Porque vale recordar que el levantamiento contra Rojas no fue un levantamiento popular, ni lo tumbó un paro cívico sino un paro gremial, liderado por los sectores económicos —bancario e industrial—  bajo la orquestación de la prensa que ya reflejaba ese consenso en contra de un poder emergente que no les reconocía su preponderancia. Y el Frente Nacional, llamado inicialmente Frente Civil, fue contra lo que llamaban dictadura, y no fue el que acabó la guerra civil desatada entre partidos —cosa que había sido el logro del gobierno Rojas—, sino el que, por vía de los líderes de los partidos, restituyó el poder monopólico a quienes lo habían perdido.

Analizado así, es interesante lo que hoy está sucediendo.

Las noticias que produce el gobierno siguen siendo divulgadas sin mayor análisis o contexto. Así salió la presentación de la ‘nueva política antidrogas’ del Presidente Santos. Pero al mismo tiempo los columnistas en su mayoría comienzan a reflejar los cuestionamientos que hace el país a diferentes aspectos del gobierno —la improvisación, la falta de comunicación o de coordinación, la demora en resolver temas como la Reforma Tributaria, etc.—. No es un secreto el descontento de los sectores gremiales y corporativos con la falta de claridad en la orientación y administración del Gobierno. Y algo reflejan ya los editoriales de El Tiempo en ese sentido.
Que se dé la posibilidad que El Tiempo se pueda convertir en un cuestionador del Gobierno de Juan Manuel Santos parecería un contrasentido de no entenderse dentro del análisis anterior. De ser válido, el obstáculo a superar por parte del presidente no serían solo los nombramientos para lograr ‘gobernabilidad’, ni las exigencias de las Farc, ni el manejo para de alguna forma neutralizar el uribismo creciente, sino cuánto tocaría darle a quienes El Tiempo ‘hace el mandado’, a ese eventual consenso de los ‘factores de poder’, para que no manifiesten demasiado escepticismo en relación con los ‘Acuerdos de la Habana’.

Veremos hasta dónde se confirman estos supuestos y hasta dónde El Tiempo más que un poder es un termómetro del respaldo del ‘establecimiento’ al presidente… O cuánto concederá el primer mandatario a quienes —desde esta perspectiva—  serían sus verdaderos mandantes (tocará ver por ejemplo la reforma tributaria).