Por Juan Manuel López Caballero   

Si resulta inexplicable el adelantarse a salir del ámbito legal internacional, otro tanto es la simultánea e inusual reacción de César Gaviria…

Primero se debe aclarar por qué insólita, o sea, por qué se requiere buscar una explicación:

Ante todo, por la inmediatez. No se comprende que menos de dos horas después de conocida la sentencia se considerara necesario salir a darle al país declaraciones y mucho menos tomar decisiones e impartir directrices al respecto.

Semejante tema requiere maduración antes de hacer pronunciamientos, consideraciones que van desde la forma y el momento, pero sobre todo que tienen que ver con el contenido y las estrategias que deben acompañarlo. Mencionar que estaba contemplado como uno de los escenarios posibles, no justifica no haber tenido tiempo ni siquiera para estudiar su texto.

Segundo, por la falta de sustento y de efectos jurídicos. Lo que se definió fue solo la competencia de la Corte, y en consecuencia solo se decidió que se iniciaría el proceso. Presentar excepciones previas es pertinente porque viciarían y por lo tanto serían causal de nulidad del mismo; pero el resultado que esto dé no puede ser condición para someterse o no a la decisión del juez y mucho menos para calificar si su actuación es correcta o no. La diferencia de interpretaciones es de la esencia del Derecho y el discrepar de la del juez —mucho menos en supuestas motivaciones ajenas a los argumentos jurídicos— no pone ni quita nada dentro del proceso.

Si, como se afirma, solo ‘fuimos a eso a la Corte, a decirle que no tenía competencia’, nada del contenido tenía relevancia ni se aceptarían efectos diferentes a la sumisión de la Corte a nuestra posición; no tendría la Corte nada que resolver pero tampoco habría lugar a calificaciones o debates sobre el fallo. Una cosa es desconocer la competencia y la falta de jurisdicción de la Corte —siendo lo consecuente limitarse a expresarlo— y otra basarse en los argumentos que expone para negarse a acatar la sentencia. Al reaccionar soltando como motivación lo segundo elimina la eventual validez de lo primero.

El fallo no tuvo nada de sorpresivo o inesperado. Todos los medianamente empapados del tema consideraban bastante más altas las posibilidades de este resultado que el de que se pronunciaran a nuestro favor. Hasta los periodistas —posiblemente con una información superficial recogida de esas fuentes— habían divulgado como más probable lo que sucedió.

Pero también, y muy especialmente, por lo inocuo, o, peor, por lo negativo de la decisión tomada. El no comparecer en la siguiente etapa —porque el juicio continuará— no crea ninguna situación diferente en el campo jurídico. Ni quita ni pone como argumento dentro de él, ni crea condiciones nuevas o diferentes para el proceso. En consecuencia, no representa ninguna mejora o ventaja el hacerlo. En cambio, desde el mismo aspecto jurídico y procesal implica renunciar a la posibilidad de defenderse y de ganar el pleito; y desde el punto de vista estrategia no solo es dar por adelantado la pérdida en ese trámite y crear las condiciones para que ese sea el resultado, sino además, entre ellas, el antagonizar a los jueces.

Pero sobre todo no tiene explicación adelantarse a una actitud de salirse del ámbito legal internacional cuando a igual conclusión podría llegarse después de haber intentado defenderse dentro de él. Los argumentos de Colombia se suponen fuertes, y en todo caso mejores para el pleito de fondo que para la etapa previa que se falló. Incluso lo que se cuestiona y sirvió de pretexto para la decisión tomada podría plantearse y reforzar en ese momento las razones para justificar una decisión de esa naturaleza.

Ante todas estas razones es difícil entender qué pudo haber motivado esa precipitación.

Pero como simultáneamente ocurrió algo igual de insólito o por lo menos de inusual, alguna explicación podría darse de ese lado.

La aparición de Gaviria con una vehemencia y una actitud pendenciera, prácticamente fuera de control ante las preguntas que se formulaban, podría hacer creer que él hubiera sido el responsable de tal decisión. Nunca se le había visto ni tan descompuesto ni tan comprometido con ningún tema. Hasta los ‘julitos’ se sorprendieron y lo caricaturizaron comparándolo con Álvaro Uribe.

Y ahí podría encontrarse algo bastante posible como explicación.

Al fin y al cabo el presidente Santos está bastante apremiado con unas encuestas que lo ubican con los niveles más altos de rechazo a cualquier mandatario en ejercicio, y tal cantidad de problemas por enfrentar que pareciera habérselo jugado todo a que la firma del acuerdo de La Habana es lo único que lo reivindicaría ante la población y ante la historia. Eso ha llevado a que las medidas improvisadas, aunque no habían alcanzado casos de tanta trascendencia como ésta, sean características del actual mandato.

El complemento es que el respaldo del estamento político se ha desgranado, con todos los partidos rebelándose o dividiéndose cada vez más, de tal forma que el principal soporte en este momento es el gavirismo aportando todo el apoyo de una espuria e ilegal ‘Dirección Liberal’ con el parlamentarismo de ese Partido. Parte del cobro fue el nombramiento de Rafael Pardo buscando borrar o desconocer la sentencia del Consejo de Estado que calificó sus actuaciones como violatorias de la Moralidad Administrativa.

Pero no fue suficiente. Como bien lo han constatado los medios de prensa, Gaviria ha decidido buscar el liderazgo del país en esta coyuntura. Fácil es pensar que, al añadirse a la presión del uribismo la presión del gavirismo —ambos presentes con sus cabezas en el momento de tomar la decisión—, el presidente considerara que lo peor que podía hacer ante esa situación era oponerse a ellos.