Alfredo Molano Bravo

Por Alfredo Molano Bravo  

Cuando se está joven, todo hace pensar a uno que nunca llegará la vejez, ni la muerte ni las enfermedades. Y todo llega con el paso despiadado del segundero y a veces sin él.

En las puertas de los hospitales de todo el país, la gente se apeñusca tratando de que el portero de la sala de urgencias le permita, en un descuido, meter una rodilla, un pie, un dedo, para quedar medio adentro y decirle desde afuera que uno se está muriendo. ¡Son despiadados los porteros! Los han amaestrado para ser brutales, fríos y sordos. Y ciegos porque no ven ni siquiera la sangre de los heridos que llegan en un taxi, en una ambulancia o simplemente cojeando. “Son órdenes”, dicen y cierran.

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Por Alfredo Molano Bravo  

Uno de los argumentos de Uribe para hacer la guerra —con todos sus horrores— era que no se podía entrar a ciertas regiones para sacar carbón, petróleo, oro, madera.

Quizá se gastó en esa obsesión más —en vidas y en plata— de lo que habría podido sacar. La paz de Santos buscaría lo mismo, pero sin guerra, a juzgar por las declaraciones que hizo el presidente de Ecopetrol, Juan Carlos Echeverry, en una rueda de prensa: “Con la paz esperaríamos tener la posibilidad de entrar a Caquetá más fuerte, a Putumayo mucho más fuerte, a Arauca mucho más fuerte. A Catatumbo más fuerte”. Una declaración de guerra al medio ambiente.

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Por Alfredo Molano Bravo  

La Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras —conocida también Ley 1448 de 2011— abrió el boquete de las negociaciones de paz al darle reconocimiento político al conflicto armado.

Uribe se había negado —y se niega— a dar ese paso. Para él y para la extrema derecha, la insurgencia era —y sigue siendo— mero terrorismo y, por tanto, cualquier negociación implicaba de entrada y sin más ni más el sometimiento a la justicia. Lo hizo con los paramilitares —tan cerca de su corazón— y por eso no dejó de equipararlos con las guerrillas. Logró que buena parte de la ingenua y fácil opinión pública hablara de unos y de otros como la misma cosa.

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Por Alfredo Molano Bravo  

Hace una semana las cosas se veían negras: la firma del 23 de marzo entre el Gobierno y las Farc se aplazaba; el Eln tenía secuestrado a un personaje de la Administración de Norte de Santander, los paramilitares amenazaban con un paro armado y el uribismo preparaba una movilización contra el Gobierno.

Pero, porque somos como somos, el río cambió de curso y en el llanito nos encontramos. Así, de golpe en golpe, las cosas van saliendo al otro lado.

En La Habana los negociadores –todos– se han transformado en profesionales del muñequeo y han dejado atrás los gestos apocalípticos.

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Por Alfredo Molano Bravo  

La nueva película de Lisandro Duque, El soborno del cielo, está acaballada entre la picardía del mundo de Tomás Carrasquilla —un escritor mayor que por costumbrista ha sido relegado a lectura de cuarto de bachillerato— y la ironía juguetona de García Márquez, una virtud que poco se le reconoce.

Un cura frenético, no tan viejo como sectario, se enfrenta a la familia de un suicida que reclama el derecho a enterrarlo en el cementerio del pueblo, un pueblo paisa con todas las de la ley. El cura, magistralmente protagonizado por Germán Jaramillo, exige que el suicida sea expulsado del camposanto. Los cementerios pertenecían, por obra y gracia de la Constitución del 86, a la Iglesia Católica.

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Por Alfredo Molano Bravo  

Las denuncias y evidencias sobre la reorganización de los paramilitares son cada vez más sonoras y tangibles. En el norte de Urabá, en el sur de Tolima y el sur de Cauca, en Putumayo, en Nariño se mueven uniformados y armados, como lo hacían antes, quizá sin tanta protección de la fuerza pública. Han desempolvado y engrasado las armas largas y han vuelto a coser los brazaletes sobre el uniforme.

El Gobierno no lo ignora y no puede desentenderse de la amenaza que pesa sobre los acuerdos de La Habana. Uno podría pensar que se trata de una treta meramente publicitaria para que se les tenga en cuenta y entren por la puerta falsa a la negociación, no a las que tienen lugar con las Farc, sino a otras distintas que complementen las que Uribe dejó inconclusas.

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Por Alfredo Molano Bravo  

A las tres de la mañana sonó el teléfono fijo. Sabía quién era porque ella no tiene celular desde que perdió el empleo por no someterse a las exigencias amorosas de un subalterno de su jefe. Está desempleada. Tenía la voz quebrada. “Haz algo —me dijo—. Me muero del dolor”, y colgó. Media hora más tarde salíamos para el hospital. Paga obligatoria y cumplidamente a una EPS para que su hoja de vida sea considerada por cualquier empleador y para cubrir una eventualidad como la que la tenía postrada. Está afiliada a Cafesalud, la empresa heredera de los cinco millones de usuarios de la asaltada Salucoop.

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Por Alfredo Molano Bravo  

No hay duda alguna sobre el crecimiento de la clase media en el país.  No son necesarias las estadísticas ni los modelos analíticos para saberlo, baste ir un sábado en la tarde a un centro comercial en las ciudades grandes y medianas para ver a la gente consumida en el consumo. Compra todo lo que le cabe en el carro que la espera en el parqueadero. Compra ropa de marca, falsificada o no; le quede bien o mal, siempre que un vestido o unos zapatos estén de moda, se pagan al precio que pidan. Ni qué decir de los supermercados: todos los días desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche están atestados; se llenan los carritos hasta los bordes, sobre todo de los muchos productos importados que llenan los escaparates.

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