La muerte de Michael Jackson, como fue toda su vida, ha sido impactante, contradictoria y convulsionada.
La noticia congestionó la internet en el ámbito mundial y por primera vez colapsaron Twitter, Google y Wikipedia. Presos en las Filipinas le rindieron homenaje montando su versión de Thriller. Hoy, casi una semana después de su fallecimiento, la causa de su muerte sigue siendo un misterio y ni siquiera se han hecho los anuncios de cuándo o cómo lo piensan enterrar.
Producto de la nueva cultura de masas de la globalización, a Jackson lo lloraron literalmente en el planeta entero. Si bien los Beatles ya habían logrado llevar su música a casi todo el mundo, fue Jackson con las imágenes y la coreografía del video musical quien estrenó la era del superespectáculo, estableciendo nuevos paradigmas en el mundo del entretenimiento. Mucho se ha hablado de su voz angelical y de su extraordinario talento de bailarín, y en especial de la inolvidable Moonwalk. Pero también debe recordarse por las letras de sus canciones, muchas de ellas llenas de ternura, dedicadas a temas sociales e invitando a pensar en los demás, como We are the World.
Jackson rompió barreras raciales. Sus primeros pinitos, con sus hermanos en los Jackson Five, fueron con Motown, la primera disquera negra de alcance nacional. Fue el primer artista de “color” que salió en MTV, hasta ese entonces reservado para músicos blancos. Tuvo una relación estrecha hasta el final de su vida con la Nación del Islam, una organización afronacionalista. Como lo dijo uno de sus seguidores, antes de Michael Jordan, antes de Tiger Woods, antes de Barack Obama, fue Michael Jackson.
A su vez fue un producto de nuestros tiempos, de la revolución de las telecomunicaciones, y padeció como pocos los efectos de la fama. Niño prodigioso que no tuvo una niñez ordinaria, con un papá exigente, que dicen que lo golpeaba, su primera presentación en público fue a los seis años y el primer éxito comercial a los diez. Su vida entera estuvo bajo el escrutinio público: su exótico matrimonio con la hija de Elvis Presley, su juicio por su supuesto abuso sexual a menores y sus cirugías plásticas, que transformaron su físico, denotando una relación con su cuerpo no tan lejana a la cultura de la silicona retratada en Sin tetas no hay paraíso.
Y, sin embargo, siendo uno de los hombres más famosos de la Tierra, fue siempre uno de los más enigmáticos. Primero se exilió en Neverland, la tierra del nunca jamás, donde los niños nunca crecen, y luego en Dubai. Celebridad mundial vuelto ermitaño. Rodeado siempre de los más famosos, integrante de una familia grande, murió sólo, con su médico.
Consumido por la sociedad de consumo, nos lo gozamos y lo destruimos. Su vida satisfizo la morbosidad, la hipocresía y la condena moral de los medios masivos que lo persiguieron y lo atormentaron. Sólo ahora que ha muerto se le empieza a apreciar en toda su dimensión artística y humana. Jamás habrá otro igual y nunca nadie le disputará el título del ‘Rey del pop’.
Gracias Michael por haber sido parte de nuestras vidas. Que encuentres la paz que nunca conociste en vida.