Observatorio / Nombramientos en Washington y en BogotáBogotá-. Todas las decisiones de un gobernante, las malas y las buenas, son decisiones políticas. Y toda decisión conlleva una cierta cantidad de riesgo. Para citar un caso reciente, el nombramiento de Pastrana como embajador en Washington puede resultar una buena cosa para la diplomacia y mala para la política, como dijo Navarro. Pero también puede resultar lo contrario, algo bueno para la política -una oposición despastranizada- y algo malo para una diplomacia colombiana que requiere más amor patrio y menos entreguismo. En fin, la bondad de las decisiones depende de los objetivos que se buscan y de los resultados finales.
El nombramiento de veinte mujeres en las Alcaldías locales por el alcalde Lucho Garzón puede ser una decisión de buena política si se trata de una apuesta por el cambio, la participación y el mejoramiento de las costumbres políticas. Porque si se trata solo de un gesto coqueto, ‘sexapiloso’, como lo sugiere el editorial de EL TIEMPO del pasado miércoles, es una decisión de mala política, es decir, una decisión politiquera.
Pero hay síntomas de que se trata de una decisión de buena política. Uno de ellos es, justamente, la reacción de sectores tradicionales. Desconcertados, empezaron por ignorar su importancia para después mostrar los colmillos de la rabia a través de comentarios despreciables o sacando pecho por la renuncia de una de las alcaldesas nominadas o poniendo en duda la habilidad del resto. Claro que la soberbia de los apolillados tiene efectos nocivos en una opinión pública cándida que los cree inteligentes. Un reconocido economista italiano, Carlo M. Cipolla, nos pone en aviso contra ese riesgo, al decir: "Los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido".
Poniendo de nuevo el ejemplo del nombramiento de Pastrana como embajador en Washington, hay gente que se inclina a pensar que esa decisión, aconsejada por Turbay, si bien puede tener una alta dosis de maldad, es, en el fondo, una jugada inteligentísima. Pero el mismo economista italiano nos advierte que muchas de las malas decisiones políticas no son producto de lo que vulgarmente se denomina maquiavelismo, la mayoría de ellas son hijas de la estupidez. No descartemos entonces que lo de Pastrana sea más bien producto de un apagón de las luces presidenciales y no un ‘bombillazo’ turbouribista.
En cambio, el nombramiento de las veinte alcaldesas fue el remate de un procedimiento de varios meses, bueno e inteligente, rectificación de los males y estupideces de la milimetría politiquera, de la ausencia de participación popular en unos gobiernos locales que todo el mundo ignoraba. Hoy, gracias a la Esap, gracias a los que pusieron a concursar su nombre, a las comunidades que acompañaron el proceso, a los miembros de las Juntas Administradoras Locales y al propio alcalde Garzón, esos gobiernos locales se hicieron visibles y, por ende, acompañables y vigilables, que es el primer paso para que puedan ser gobiernos buenos e inteligentes.
La otra objeción contra las nuevas alcaldesas es su inexperiencia. Pero eso tiene cura, no así la estupidez de quienes las han impugnado por el pánico a lo nuevo.